«Antes de contar una historia, las mujeres bereberes se abrazan»

Mohammed M. Hammú es un cuentacuentos para adultos que lleva quince años contando historias bereberes. Xenpelar Etxea de Errenteria fue el lugar donde narró, el 27 y 28 de octubre, sus “Cuentos en la arena”.

[box]Por Sandra Martín[/box]

¿Cómo fue la participación en Errenteria?
No acudió mucha gente. Desgraciadamente, la cultura no logra
masificaciones. La mayoría de los asistentes fueron mujeres, pero esto
no sólo pasa en Errenteria o en Euskadi, sino en el mundo entero. En
Brasil tengo un par de talleres, y solo participan mujeres. En la sesión
de Errenteria el público fue muy entregado y curioso. En África, las
mujeres bereberes antes de comenzar a contar una historia se abrazan y,
después, unen las manos formando una especie cordón umbilical. Hubo una
cosa peculiar en una de las sesiones de Errenteria que me llamó la
atención. Había una mujer a la que le costaba mucho el contacto físico,
cosa que ella misma dijo; yo la dije que confiara, y ella contestó que
le cuesta confiar. La observé mucho durante la sesión, y cuando estaba
acabando vi en ella mucha sensibilidad. Y una cosa que llamó mucho la
atención, es que tenía los ojos brillantes, como si estuviesen
humedecidos por lágrimas. Este tipo de cosas son mi objetivo máximo. No
es tanto el contar una historia, la cual es muy probable que olviden en
un mes o dos. Lo que me interesa es la esencia del momento que comparto
con esas personas, y no tanto la historia en sí.

¿Qué cree que pueden aportar los cuentos a los adultos?
Son como el windows del ordenador: una ventana más que se abre, con la
que tienes aire fresco. Las que yo cuento son historias que salen casi
de la clandestinidad, que buscan mensajes. Es muy curioso, porque es
como si salieran de un ambiente carcelario. Es una ventana muy
significativa para entender lo que es importante en el tiempo, porque la
vida es muy corta como para entregarnos a cosas muy banales.

¿Los participantes se muestran más interesados al finalizar las sesiones?
Los participantes vienen a las sesiones sabiendo mi nombre, Mohammed,
así que en el inicio de la actividad la distancia física y mental es
automática por el simple hecho de conocer mi nombre. Pero al finalizar,
la gente ya no tiene esa percepción; cuando acabamos la sesión, mucha me
abraza e incluso me besa. Con ello se rompe una frontera, la del
estereotipo, y se abre un espacio común. El único paso importante es la
humanidad, sin importar nombre, color o a quién profesemos nuestra fe.
Todo eso son detalles, lo importante es la humanidad.

¿Cómo es ser cuentacuentos para adultos?
Lo mismo que para cualquier público. Se tiene una temática concreta, en
la que se tiene en cuenta el espacio, y sobre todo el tiempo, que está
muy marcado. Es muy diferente contar un cuento en África que en
Occidente. Aquí la gente tiene problemas de tiempo, siempre está con
prisas.

Le pregunto esto porque, en general, se tiende a asociar la palabra cuento con los niños.
Es un error importante en el mundo entero asociar cuento con niños. En
África esta distinción no se hace, ya que no hay edad para los cuentos.
Si una historia es bella, es bella para todos, niños y adultos, y si es
dura, es dura para todos. He contado cuentos a niños, pero en el mundo
occidental hay que tener muy en cuenta los matices, y se ponen muchos
filtros. Si en el mundo occidental contase una historia dura, los padres
se molestarían conmigo porque a los niños les entraría miedo. Me
molesta que esos adultos se molesten por los valores que transmiten los
cuentos, y luego a los niños los dejen delante de videojuegos agresivos.

Con los niños, la censura en los cuentos es muy grande. Con las
historias que cuento no se intenta herir a nadie, ni se busca
confrontar, lo que se buscan son lazos que estrechar. Cuanto más
civilizado está el mundo, más filtros pone, y nos olvidamos de cómo
éramos al principio. En este sentido me siento un poco traidor, porque
si dosifico mucho las historias, se olvida cómo eran inicialmente.

La tradición oral tiene mucho que enseñar. Las mujeres bereberes, antes
de comenzar a contar un cuento, dicen “hay una fórmula entre nosotras,
quien la busque la encontrará”. No se trata de hacer una “escucha
pasiva”, en la que solo oímos palabras, sino de llevar a cabo una
“escucha activa”, a través de la cual se escuchan las palabras y el
mensaje.

¿Qué le motivó a ser narrador de historias para adultos?
Cuando acabé la carrera de Traducción e Interpretación conocía varios
idiomas, pero me di cuenta de que desconocía mi lengua  natal: la lengua
bereber. Una lengua que no se encuentra en los libros porque se aprende
de forma oral. Y la única forma de aprenderla es con los cuentos que se
narran en las zonas bereberes, donde sólo los cuentan las mujeres. No
se trata solo de contar una historia, sino que a través de ellas
transmiten mensajes en forma de reivindicación. Las mujeres, en sus
narraciones, hilan muy fino y tienen una gran inteligencia académica.

Entonces, los cuentos que narra provienen de las mujeres bereberes.
Las mujeres bereberes son mi biblioteca humana. Sigo contando los mismos
cuentos que se han contado de forma tradicional, y entre ellos hay
alguno que se remonta tres siglos atrás. También están los cuentos
paralelos, es decir, hay paralelismos entre las historias bereberes y
otros cuentos de otros países. Por ejemplo, una de las historias
bereberes trata sobre un abuelo, y la encontré en Asturias, donde la
contaban de forma parecida. También en Badajoz he encontrado historias
paralelas a los cuentos bereberes.

Las mujeres bereberes transmiten mensajes a través de los cuentos porque
están en un mundo invisible. Cuando una persona va, por ejemplo, a la
plaza principal de Marraketch, ve a los hombres cuentacuentos, pero no a
las mujeres. Pasa lo mismo que con los cocineros. ¿Quiénes han tenido
siempre las recetas? Las mujeres. Pero cuando se trata de posición y
dinero, siempre son los hombres los que están ahí.

Se tiende a generalizar y a caer en el prejuicio de que los árabes somos
machistas, cuando eso no es así, porque el machismo es algo universal.
Hay que hacer posible que esa invisibilidad de las mujeres sea cada vez
menos invisible, que tengan su reconocimiento y ese espacio para crecer.
Ojalá esto avance y sean las mujeres quienes se conviertan en
cuentacuentos y yo quien me siente para escuchar las historias.

¿Cree que ese momento está cercano para la mujer bereber?
Por desgracia no está cerca, y creo que yo no lo voy a ver. Hay algunas
mujeres que sí son cuentacuentos, pero son granitos de arena dentro de
un desierto. También es una cosa que tiene que solicitar el primer
mundo, sin importar el idioma.




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